El Avaro o la Escuela de la Mentira. Por Ana Reig
- Lunes, 11 julio 2011, 19:41
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Las obras clásicas rebasan las fronteras del tiempo en una suerte de presente imperecedero. Tal es el caso de “El avaro” de Molière, último montaje de Galiardo producciones bajo la dirección de Jorge Lavelli y cuya teatralidad y argumento, se nos presentan sumamente vivos. Estrenada en 1668, Molière, con objetividad y sin fanatismo, pone luz a los cruentos estragos que la avaricia y la codicia, en su afán de posesión, acarrean tras de sí. La versión de Lavelli, a la que pudimos asistir hace unas semanas en el Teatro Leal de La Laguna, podrá verse de nuevo la primera semana de julio en el Teatro Guimerá de la capital santacrucera.
En una adaptación de la prosa de Molière clara y directa y en un espacio abierto, tanto en su propuesta escenográfica, con los muros desnudos del teatro, como en su ubicación histórica; se desenvuelve la acción. Sirviéndose de unos módulos itinerantes, la escenografía da pie a un juego laberíntico de espejos que agudiza la desconfianza y los miedos que rigen la vida familiar del viejo Harpagón. Protagonizado por un Juan Luis Galiardo cómodo en el papel, quizás demasiado, aunque con momentos contundentes; queda el reparto completado por doce actores que, alejados del naturalismo, tampoco caen en un histrionismo incómodo. Tanto sus gestos como su maquillaje, con caras totalmente blancas, simulan títeres, satélites eclipsados por el padre-patrón. Un reducto de polvo y ceniza dibujado por la iluminación tenue y la gama cromática de colores quemados de vestuario y escenografía. Nos viene a la cabeza el imaginario de ese otro gran autor, quien también denunció los abusos de su época, como fue Dickens.
Sin embargo, la balanza no termina de ajustarse, y el delirio y las raíces profundas del carácter mísero, al que se contrapone el revés magistral del humor de Molière con una retahíla de enredos, malentendidos y bufonadas a las que Lavelli da rienda suelta, queda diluido; eso sí, con un juego escénico fresco, ameno, altamente divertido y de gran riqueza.
El motor de toda obra radica en el deseo de un cambio, pasar de una realidad a otra. También en el mapa actual la urgencia del cambio se deja sentir y, a las voces aguafiestas acalladas por la exaltación globalizadora de las últimas décadas, se han venido sumando en el último mes, decenas de miles, en un clamor ciudadano que entreabre la puerta al optimismo.
Ana Reig
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