CRÍTICA | ALEJANDRO DELGADO DE MOLINA EN EL EX-CONVENTO DE SANTO DOMINGO

Dindingué. Por Elisa Falcón Lisón


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DINDINGUÉ

DINDINGUÉ

Para lo bueno y para lo malo, África es un territorio esencialmente fotogénico. Ya sea por exceso (de recursos, de vegetación, de hambre y de conflictos enquistados), ya por defecto (de lluvia, de justicia, de equidad en el reparto y acceso a esos mismos recursos), el continente negro no pasa jamás desapercibido a ojos del fotógrafo itinerante. Paradojas de ser suelo olvidado para casi todo lo demás.

Es con esa perspectiva con la que Alejandro Delgado de Molina, artífice de “Dindingé” (exposición que colgará durante todo el mes de agosto de las paredes del Ex Convento de Santo Domingo, en La Laguna), se aproxima con su objetivo a Gambia y su idiosincrasia, tras años de visitar y embelesarse con el continente vecino: no tanto con la mirada abstracta del fotógrafo artístico que persigue la belleza y trata de captar en frío toda la potencia estética que un entorno semejante puede ofrecer; sino, más bien, con la humildad del viajero de diario que pasea, que se mezcla, que retrata con curiosidad y casualidad de viajero momentos, lugares y personajes diversos de la cotidianidad.

Si bien una primera aproximación podría hacernos caer en la tentación de olfatear un manido -aunque necesario- aire de denuncia (no en vano el título traducido del mandinga significa “niños”, y son precisamente niños, niños pobres y descalzos, los que protagonizan algunas de las imágenes más potentes de la serie, como la de su cartel de presentación), lo cierto es que, durante la visita, es apenas gracias a la lectura de algunos textos del propio fotógrafo como podemos llegar a pensar que cierto tinte social o solidario impregna la intención de este trabajo. Y, en todo caso, no nos parece que esa solidaridad provenga del indignado espíritu contestatario de moda sino, más bien, de un conocimiento diario y paciente, de un acercamiento curioso a la par que prudente, de una sincera y respetuosa fascinación por todo lo que tiene que ver con África (con Gambia) y sus pobladores.

Haciendo uso alternativamente del blanco y negro y del color, Delgado ofrece un recorrido con algunos hitos temáticos destacables, uno de los cuales es, sin duda, la infancia, ofrecida, eso sí,  sin artificios ni sentimentalismos, en estado puro. Puro e inconsciente.

También el mundo del mercadeo parece ser objeto de su interés y son varias las imágenes de esta índole que se recogen en su álbum de fotos: ya correspondan al triste puesto destartalado que hace las veces de vivienda para el vendedor que no tiene casi nada para vender; ya sean de las calles del gran mercado, centro neurálgico de la vida capitalina convertida en falso Dorado para los emigrantes de las zonas rurales, ya del más que discreto y rudimentario”centro comercial” para turistas, pues lo cierto es que el mundo continúa girando fuera de esta obligada parcela de precariedad y anacronismos, y siempre hay quien se esfuerza por alcanzar ese hipotético progreso.

Escenas de otras labores profundamente domésticas y cotidianas, como la pesca o el abastecimiento de agua, alternan en las paredes con otras propias de lugares y ritos de radical importancia histórica o de esencial trascendencia vital y espiritual. Es este el caso de las sonrojantes instantáneas de James Island, que fuera en tiempos cárcel natural para esclavos mandingas con cuyas vidas se comerciaba en el mundo rico, y donde todavía hoy ondea la bandera símbolo de su perseguida libertad; o de las fotos del lago Katchikally, con sus imponentes cocodrilos del Nilo custodiando las aguas verdosas en las que las jóvenes en edad de procrear se sumergen en pos de una ansiada fecundidad que probablemente resulte problemática y poco recomendable desde la cómoda perspectiva primermundista. Y todo ello aderezado justamente con una notable y conseguida falta de aderezos, de pretensión, de presunción; todo desprovisto de cualquier discurso que quiera sonar a lección de vida o atufe a superioridad moral. Todo contado con sencillez, sencillamente. Pues, tal y como observa la autora del prólogo a la muestra, Rosa Suárez Vera, la verdad, por dura que sea, no necesita más que de “la estrategia locuaz de la belleza” (la que el lugar y sus habitantes emanan por sí mismos) para resultar atrayente.

DINDINGUÉ

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