‘Devoción Moderna’. Por Elisa Falcón Lisón
- Lunes, 11 julio 2011, 19:05
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A la hora de escribir esta reseña, la que suscribe está a punto de embarcarse rumbo al Reino Unido. Tal vez por eso, la idea de redactar estas notas acerca de “Devoción moderna” -la muestra del pintor mejicano afincado en Inglaterra Luis Kerch, que se exhibe hasta los primeros días de este mes de julio en la sala del IES Cabrera Pinto- se presenta especialmente apetecible y atractiva. Por eso y porque apetecible y atractiva es, en efecto, esta propuesta del artista, inspirada en los paisajes y jardines de la isla británica.
Recordando los días de universidad, acuden a mi memoria las vehementes explicaciones que nos su- ministraba a los alumnos de Arte Contemporáneo e Historia del Urbanismo un apasionado profesor a propósito de las diferencias entre el ordenado, previsible, cartesiano jardín barroco francés y los anárquicos parques decimonónicos ingleses, mar- cados por el signo romántico de la inefabilidad, de lo sublime. frente a la obra de Luis Kerch despiertan, ciertamente, emociones vibrantes, inaprensibles, inexplicables, que proceden de la contemplación de una naturaleza en estado puro, sin podas, parterres ni tutores. Un carácter indómito que reside tanto en el propio entorno como en los ojos limpios, libera- dos y anhelantes de quien lo observa. Influido quizás por un colorido que podría ser casi obligatoria impronta de origen, por una luz más cálida y diáfana aprendida, también, en su paso por tierras canarias, Kerch deja, sin embargo, crecer alegres, festivas, sus frondas y florestas, exentas de la oscuridad y el tenebrismo, del carácter tétrico inherente al lúgubre (aunque sugestivo) espíritu romántico del XIX.
Es a la emoción y no al raciocinio a donde atacan, esen- cialmente, su cromatismo delicado y risueño, su pince- lada, a menudo desbocada, juguetona, naif. Ante algu- nas de sus pinturas tenemos la sensación de hallarnos en mitad de un carnaval, en un espacio dinámico, lú- dico, bajo una lluvia de confeti y pétalos de flores; o en mitad de un ruidoso desfile por los bulevares de París, o viendo estallar ensordecedora la primavera junto al agua trémula del impreciso estanque de los nenúfa- res, o en mitad de la campiña cimbreada por la brisa.
Aun así, no debemos llevarnos a engaño, pues, en- tre animada y animada celebración, irrumpen con seriedad profunda, evocadora, estática aunque paradójicamente fugaz, la memoria, el homenaje. Homenaje a la belleza incontestable de la natura- leza pero, también, a la inspirada plasmación que de ella hicieron los heraldos del género paisajísti- co: Canaletto y los maestros venecianos del XViii, y otros entregados sublimadores de esta temática como Constable, como Sisley. Y también aquellos que se aproximaron a ella buscando su esencia más efímera y momentánea, la representación de lo sentido, de lo percibido, de la impresión; de lo etéreo y lo atmosférico, germen de la abstracción, pongamos Turner, pongamos Monet.
En su pintura conviven, pues, la libertad pura y asombrada de quien se deja sorprender por las alegrías inesperadas del paseo y una precisa definición de delineante, para quien el entorno es la mesa de trabajo donde proyectar formas eter- nas en la brevedad del momento. Y se intuye una suerte de clásico fervor religioso transmutado en moderna devoción por la vida, por los efectos em- briagadores de vivirla, de sentirla. Pero hay también un anhelo de razón que se persigue más allá del horizonte, en el límite imaginario e imposible de un espacio siempre abierto, siempre infinito. La expresión de esa nueva fe en búsqueda continua, nunca resuelta, no puede, por tanto, más que esbo- zarse apenas en los textos inclonclusos de las cin- tas, en alas de abocetados angelotes, en bosquejos de rostros orantes de tintes goyescos que miran al cielo arrobados, devorados por una frondosidad que es al tiempo delicada y meditada, salvaje y espontánea.
Sabia fusión de elegancia e ingenuidad, de alboro- zo y solemnidad, de transitoriedad y permanencia, de memoria perdurable, imborrable, atemporal y de presente continuo, incesante, pasajero, cuyo sentido final es -según expresa el propio pintor- enseñarnos a mirar otra vez, a redescubrirlo todo con ojos nuevos, para encontrar sólo belleza en aquello que nos rodea. Belleza en el sentido plató- nico. Belleza como sinónimo de bondad, de verdad. Para no ver nunca más nada feo.
Elisa Falcón
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